A lo que realmente me refiero es a la posibilidad de
prolongar la esperanza de vida de una persona concreta, posponiendo su
envejecimiento y, por lo tanto, permitiéndole vivir más años que al resto de la
población a la que pertenece. Al parecer, los estudios que se han llevado a
cabo sobre cierto compuesto químico desde su descubrimiento en los años 60
podrían dar pie a esta posibilidad. Este compuesto es conocido como rapamicina.
La rapamicina debe su nombre a la isla de Pascua (Rapa Nui
para los nativos) famosa por los emblemáticos moái, unas esculturas de piedra
monolíticas que rodean toda la isla. Fue en una expedición llevada a cabo con
motivos comerciales en 1964 cuando se halló en una muestra de tierra la
bacteria Streptomyces hygroscopicus, capaz de sintetizar la rapamicina de forma
natural.
Tres de los más de seiscientos moáis repartidos por la isla de Rapa Nui |
Aunque no tardaron
en realizarse investigaciones sobre las propiedades de este fármaco no fue
hasta el año 2009 cuando aparecieron las primeras evidencias de su capacidad
para retrasar el envejecimiento en ciertas especies. Esto se debe a que en un
principio la rapamicina, debido a sus propiedades inmunodepresoras, fue
empleada para evitar el rechazo de órganos trasplantados. Actualmente la
rapamicina también es empleada en el tratamiento de determinados tipos de
cáncer ya que es capaz de frenar el crecimiento tumoral.
Sin embargo, el
mayor descubrimiento se produjo cuando se identificó la diana de la rapamicina,
que resultó ser el producto de un gen llamado TOR, el cual parece estar
implicado en el crecimiento de numerosas especies entre ellas gusanos,
insectos, plantas, levaduras y mamíferos.
Este hallazgo
supuso un rayo de luz para la gerontología, disciplina científica dedicada a la
búsqueda del alargamiento de la vida en personas de avanzada edad y mejorar la
calidad de vida de las mismas. Hasta entonces, los mayores logros en
gerontología se habían basado experimentos de restricción calórica en diversas
especies pero los intentos por encontrar fármacos con este tipo de propiedades
habían resultado un fracaso. A partir de este descubrimiento la investigación
en torno a la rapamicina se encaminó hacia su posible influencia en la
longevidad.
Como ya he dicho,
fue en el 2009 cuando se publicaron los resultados de tres experimentos
paralelos financiados por el Instituto Nacional del Envejecimiento de EE.UU. en
los que se había tratado ratones con rapamicina. Dichos resultados no dejaban lugar
a dudas, la rapamicina aumentaba entre un 9 y un 14 por ciento la esperanza de
vida máxima (promedio de la edad alcanzada por el diez por ciento de la
población que más años vive) de los ratones. Por lo tanto, la rapamicina pasó a
ser el primer compuesto en generar resultados fértiles en el campo de la
gerontología y, para muchos, una ventana abierta a la longevidad.
Por supuesto,
aunque los resultados obtenidos con ratones aportan una perspectiva bastante
optimista, la posibilidad de extrapolar la investigación a nuestra especie está
todavía lejos de plantearse. Para empezar, todavía no se conoce con exactitud
el papel del gen TOR en el proceso de envejecimiento ni que otros genes
participan en él. Actualmente se piensa que el producto de TOR es solo
un componente de un complejo enzimático que, además, interactúa con otros
complejos y, en conjunto, llevan a cabo diversas funciones dentro del
metabolismo.
Por ello, la
utilización de rapamicina en humanos con este fin no será viable hasta que se
conozca con exactitud el funcionamiento de las distintas rutas metabólicas que
participan en el envejecimiento y como interaccionan entre ellas y con otras
rutas, ya que de lo contrario los efectos secundarios en el organismo serían
imprevisibles. Por ejemplo, el gen TOR parece que también desempeña un
papel crucial en el crecimiento de un individuo durante sus primeras etapas de
desarrollo, con lo cual su inhibición podría ocasionar problemas de
crecimiento.
Además, como ya he
dicho, la rapamicina es un inmunodepresor, por lo que su utilización podría
desembocar en problemas inmunitarios como el aumento de colesterol en sangre,
provocar anemia o retrasar la curación de heridas.
Pese a estos
posibles inconvenientes, no debemos cometer el error de descartar la
posibilidad de aplicar la rapamicina u otros compuestos de este tipo en el futuro,
ya que su utilización no solo retrasaría el envejecimiento sino que podría
llegar a paliar (o incluso anular) enfermedades asociadas a la vejez tales como
la demencia, la osteoporosis o la sordera, entre otras.
Localizar los genes
que participan en el proceso de envejecimiento y entender cómo sus productos
interaccionan a nivel metabólico podría desembocar en la síntesis de compuestos
específicos que actuaran contra los síntomas de la vejez y permitieran un
alargamiento significativo de la vida “útil” desde el punto de vista laboral y
una mejora en la calidad de vida desde el punto de vista personal.
Para acabar diré
que no soy partidario de las teorías fatalistas sobre el aumento de la
población y de la esperanza de vida. En mi opinión el gran problema al que nos
enfrentamos no es la escasez de recursos sino la incorrecta utilización que
hacemos de los mismos. Invertir en tecnologías eficientes que respeten el medio
ambiente y los ecosistemas, energías renovables no contaminantes y edificar de
forma sostenible son objetivos mucho más importantes que impedir el aumento de
la población desde mi punto de vista.
La esperanza de
vida humana va a aumentar tanto si se hace uso de compuestos como la rapamicina
como si no, eso es un hecho. Por lo tanto, debemos ser conscientes de ello y
empezar a adaptar nuestra sociedad a este cambio que, sin duda, ya se está
produciendo. Para empezar, los gobiernos deberían ir planteándose la
posibilidad de redistribuir el trabajo, es decir, si vivimos más años gozando
de buena salud también podemos trabajar más años pero reduciendo las jornadas
laborales y aumentando los periodos vacacionales.
De esta forma,
nuestra sociedad seguiría funcionando pero aumentaría significativamente la
calidad de vida, ya que se reduciría considerablemente los índices de casos de
estrés y todas las enfermedades que llevan asociados. Ante todo debemos
considerar que la especie humana es la única cuyo objetivo ha dejado de ser sobrevivir y reproducirse sino mejorar nuestra calidad de vida.
Os dejo con un enlace
a una entrada del blog de Punset, desde donde podréis descargar un breve
artículo en el que reflexiona sobre el aumento de la esperanza de vida y la
redistribución del trabajo.
Información extraída de Investigación y Ciencia nº 426
Hola, Germán
ResponderEliminarSí ¿no? ¿Es gerontología? Bueno, ya se ha hecho con ratones, ¿no? […] No me suena el compuesto, aunque tampoco he leído mucho sobre el tema, la verdad; suelo tirar más hacia la tecnología en ese aspecto. […] Pues no, definitivamente el compuesto no me suena, pero será difícil olvidarlo asociándolo a Rapa Nui. […] (Los Vengadores). […] ¡Ah! Pues sí, la gerontología. Pero me imagino que prolongar la vida en personas de edad avanzada no tendría mucho sentido si el cuerpo no rejuvenece físicamente o si por lo menos se erradican los achaques. No sé, viejos inmortales. ¿No sería mejor considerar un aletargamiento del proceso `natural´ de oxidación del cuerpo en torno a los 20-25 años, en vez de tomar el elixir a una edad ya adulta; más que alargar la vida, alargar la juventud, no te parece?; o, bueno, que vaya ya incluido en la madre, en la transferencia de genes; eso sí que sería alargar la vida y, además, lo que en un principio sería un método artificial pasaría a ser natural. (Una vez leí a un bloguero -poco académico, para lo serio del arranque del artículo: la inmortalidad- asegurar que él no querría vivir 150 años, que 80 ya le parecían bastantes. Me imagino que pensaría que los 70 años restantes los pasaría siendo viejo). Sin duda planteará cuestiones éticas nuevas. […] ¡Los ratones, los usan para todo! […] No creo, si la oxidación del cuerpo es lo que provoca su envejecimiento y esto favorece la aparición de enfermedades o deterioro, lo lógico sería esperar que salvo que se detenga dicho proceso de oxidación, el envejecimiento sea inevitable, ya sea a los 80 que a los 150 años. Pero bueno, no lo sé. […] Es una opinión muy compartida y yo también lo pienso así; no obstante, yo no lo veo prudente, ni práctico, ni inteligente dejar que la población aumente a este ritmo (se ha crecido mucho en solo un siglo), piensa que si con cada nueva generación siempre se aumenta la población -bien sea porque se muere más tarde o se mueren menos o hay más nacimientos- la Tierra, independientemente de si las cifras son reales o falsas, en este supuesto, o realidad, no daría para todos. […] No es lo mismo adaptar los recursos a un número limitado de personas que adaptarlos a un número cada vez más creciente pues nos veríamos obligados a racionalizar los recursos, y si esta racionalización no es ecuánime seguirá habiendo violencia, discriminación, clases sociales, etc., además, no es seguro que los países emergentes quieran privarse de los lujos de los países desarrollados; si los recursos no crecen matemáticamente no habrá para todos.
Balsa, de lo que de alguna manera se trata es de posponer la senectud (e incluso eliminar sus síntomas) a una edad no lo suficientemente tardía para que no tenga sentido alargar la vida ni demasiado temprana para influir negativamente en el crecimiento juvenil.
EliminarTu punto de vista sobre el aumento de la población coincide, en efecto, con el de la mayoría de personas que reflexianan sobre estos temas. Digamos que los que pensamos como yo somos una minoría. Tal vez sea porque tú tienes un punto de vista más realista y a mí sin embargo me gusta pensar que el ser humano encontrará soluciones a todos los problemas que puedan surgir mediante el avance de la ciencia.
De todas formas, la esperanza de vida va a seguir aumentando hagamos lo que hagamos así que, al final, qué punto de vista es el correcto solo lo dirá el tiempo.
¿Buscando la eterna juventud o la inmortalidad? Me supongo. Cuando el cuerpo alcanza el cénit de maduración […] Lamento ser una oveja más del rebaño, jaja, aunque ello no tiene que darnos la razón. Realismo pesimista se llama, Germán. Tal vez tengamos demasiada fe en la ciencia, pero no te creas: yo también pienso que solo es cuestión de tiempo que convierta a la humanidad (o sus cableados descendientes) en `pseudo-dioses´. Será interesante saber quién asomará antes la cabeza, si el superhumano, el ciborg, el robot o el ser sintético. […] Ese parece ser nuestro empeño. (Espero que ganen ambas partes).
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